diciembre 12, 2012

La idea de no ser pobre me hizo muy patriótico


Cubierta de la primera edición del libro (1933)

Viajé a Inglaterra en tercera clase via Dunkerke-Tilbury, que es la forma más barata  aunque no la peor de cruzar el Canal. Se debe pagar algo extra para acceder a un camarote, por lo cual dormí en el salón, junto a la mayor parte de los pasajeros de tercera clase. Leo esta entrada en mi diario de ese día:

‘Durmiendo en el salón, veintisiete hombres, dieciséis mujeres. De las mujeres, ni una de ellas se ha lavado la cara esta mañana. Los hombres en su mayoría fueron al cuarto de baño; las mujeres sólo se limitaron a tomar sus neceseres y cubrir la suciedad con maquillaje en polvo. Pregunta: ¿Una diferencia sexual secundaria?’
Durante el viaje me encontré con una pareja de rumanos, casi niños, que iban a Inglaterra en viaje de luna de miel. Me hicieron innumerables preguntas sobre Inglaterra, y les dije algunas mentiras asombrosas. Estaba tan feliz de volver a casa, después de haberla pasado mal en una ciudad extranjera, que Inglaterra me parecía una suerte de Paraíso. Hay, en efecto, muchas cosas en Inglaterra que te hacen feliz de llegar a casa: cuartos de baño, sillones, salsa de menta, papas nuevas correctamente cocidas, pan negro, mermelada, cerveza hecha con verdadero lúpulo –que son todos espléndidos si se los puede pagar. Inglaterra es un muy buen país cuando no eres pobre (...). La idea de no ser pobre me hizo muy patriótico. A más preguntas que los rumanos me hacían, más elogiaba Inglaterra, el clima, el paisaje, el arte, la literatura, las leyes: todo en Inglaterra era perfecto.


Hotel Tilbury, ca. 1890. El hotel se construyó en 1886 y fue destruido durante un bombardeo alemán en 1944.

¿Es buena la arquitectura en Inglaterra?, preguntaron los rumanos, '¡Espléndida!, dije. '¡Y deberían ver las estatuas de Londres! Paris es vulgar -mitad grandiosidad y mitad tugurios. pero Londres...'
Entonces el ferry atracó en el muelle de Tilbury. el primer edificio que vimos sobre la orilla del río fue uno de esos enormes hoteles, con estuco y pináculos, que miran desde la costa inglesa como idiotas espiando sobre las paredes de un hospicio. Miré a los rumanos, demasiado educados como para decir algo, volviendo sus ojos al hotel. 'Construido por arquitectos franceses', les aseguré; e incluso más tarde, cuando el tren se dirigía a Londres a través de los suburbios del este, me mantuve en elogiar la belleza de la arquitectura inglesa. Nada parecía ya demasiado bueno para decir sobre Inglaterra, ahora que volvía a casa y los tiempos difíciles quedaban atrás.

Extraído de Down and Out in Paris and London (1933) de George Orwell

octubre 29, 2012

¿Qué hemos hecho de nuestros viajes y de nuestros descubrimientos?



En cuanto a los que viajan a lejanas regiones, generalmente en grupo, para hacer provisión de sol y de imágenes, se exponen, en el mejor de los casos, a encontrar solamente aquello que esperaban encontrar: a saber, hoteles extrañamente semejantes a los que frecuentaban en otros lugares el año anterior, habitaciones con televisión para mirar el programa de CNN, las series norteamericanas o la película pornográfica del momento, piscinas situadas junto a las playas y, en el caso de los más venturosos, algunos leones de Kenya fieles a la cita que les asigna por la tarde un hábil guía, algunos flamencos rosados, algunas ballenas argentinas, algunos canastos o mostradores en los que los descendientes de los salvajes de antes venden sus baratijas a las puertas de sus reservas o hasta en el centro mismo de las ciudades donde, empobrecidos, se proletarizan.
El viaje imposible es ese viaje que ya nunca haremos más. Ese viaje que habría podido hacernos descubrir nuevos paisajes y nuevos hombres, que habría podido abrirnos el espacio de nuevos encuentros. Eso ocurrió alguna vez y algunos europeos sin duda experimentaron entonces fugitivamente lo que nosotros experimentaríamos hoy si una señal indiscutible nos probara la existencia, en alguna parte del espacio, de seres vivos capaces de comunicarse con nosotros. Pero, mientras esperamos ese improbable o remoto encuentro, ya nuestra ciencia ficción le presta los colores de la guerra. Y nosotros, ¿qué hemos hecho de nuestros viajes y de nuestros descubrimientos? ¿Qué placer podría depararnos hoy el espectáculo estereotipado de un mundo globalizado y en gran parte miserable?
Pero, entendámonos bien: viajar, sí, hay que viajar, habría que viajar, pero sobre todo no hacer turismo. Esas agencias que cuadriculan la tierra, que la dividen en recorridos, estadías, en clubes cuidadosamente preservados de toda proximidad social abusiva, que han hecho de la naturaleza un "producto", así como otros quisieran hacer un producto de la literatura y del arte, son las primeras responsables de la ficcionalización del mundo, de su desrealización aparente; en realidad, son las responsables de convertir a unos en espectadores y a otros en espectáculo. Quienes se equivocan de papel, como es sabido, se ven prontamente estigmatizados y si es posible se los envía de vuelta en charters a sus lugares de origen.
El mundo existe todavía en su diversidad. Pero esa diversidad poco tiene que ver con el calidoscopio ilusorio del turismo. Tal vez una de nuestras tareas más urgentes sea volver a aprender a viajar, en todo caso, a las regiones más cercanas a nosotros, a fin de aprender nuevamente a ver.

Extraído de El Viaje imposible. El turismo y sus imágenes (1997) de Marc Augé

mayo 23, 2012

Pensaba que viajando lograría que el tiempo avanzara con menos rapidez

Afiche de la película de George Cukor (1972) basada en la novela

–    Cuánto has viajado en tus tiempos, tía Augusta...
–    Todavía no he llegado al ocaso -dijo-. Si tuviera un compañero, partiría mañana mismo. Pero ya no puedo levantar una maleta pesada. Y en estos días los porteadores escasean terriblemente. Ya lo habrás advertido en la estación Victoria.
–    Algún día podríamos seguir con nuestras excursiones al mar. Recuerdo que hace muchos años visité Weymouth. En el muelle había una estatua verde de Jorge III, muy bonita.
–    He reservado dos camas para dentro de una semana en el Orient Express.

La miré perplejo:
–    ¿Adónde piensas ir? -pregunté
–    A Estambul, por supuesto.
–    Pero el viaje dura días...
–    Tres noches, para ser más exactos.
–    Si quieres ir a Estambul, ¿no sería más fácil y menos caro tomar un avión?
–    Sólo cojo aviones cuando no hay otro medio de transporte.
–    No es nada peligroso.
–    No es una cuestión de nervios, sino de elección -dijo tía Augusta-. En una época conocí muy bien a Wilbur Wright. Me llevó con él en varios viajes. Siempre me sentí muy segura en sus artefactos. Pero no aguanto oír sin cesar esos impertinentes altavoces. En las estaciones de tren no me molestan... Los aeropuertos siempre me recuerdan a un campo de concentración.
–    Si piensas en mí como acompañante...
–    Claro que lo pienso, Henry.
–    Lo siento tía Augusta. Pero el sueldo de un gerente de banco no es muy generoso.
–    Por supuesto, correré con todos los gastos. Sírveme otro vaso de vino, Henry. Es excelente.
–    No estoy muy acostumbrado a viajar al extranjero. Me encontrarás muy…
–    Te acostumbrarás enseguida, junto a mí. Los Polling siempre han viajado mucho. Creo que me contagié de tu padre.
–    Me cuesta creerlo. Nunca viajó más allá de Central London.
–    Viajó de una mujer a otra, Henry, durante su vida entera. Lo cual viene a ser lo mismo. Nuevos paisajes, nuevas aduanas. La acumulación de recuerdos. Una vida larga no depende de los años. Un hombre sin recuerdos puede llegar a los cien años y sentir que su vida ha sido muy corta. Tu padre me dijo una vez: “La primera muchacha con quien me acosté se llamaba Rose. Debido a una extraña coincidencia, trabajaba en una floristería. Parece que fue hace un siglo”. (…)
–    Algún día me hablarás de tus mujeres. En el Orient tendremos mucho tiempo para conversar. Pero ahora quiero que hablemos del tío Jo. Era un caso muy extraño. Hizo bastante fortuna como corredor de apuestas. Pero su única ambición verdadera era viajar. Quizás el hecho de tener que ver siempre a los caballos corriendo, mientras él se quedaba sin moverse sobre una pequeña plataforma, con un cartel que anunciaba al HONESTO JO PULLING, acabó por quitarle el sosiego. Solía decir que una carrera se confundía con la otra y que la vida pasaba tan rápido como un potro joven salido de Indian Queen. Quería detener la vida y pensaba, con razón, que viajando lograría que el tiempo avanzara con menos rapidez. Supongo que tú lo habrás experimentado, en los días de fiesta. Si te quedas en un solo lugar, el día de fiesta pasa como un relámpago. Pero si vas a tres lugares, parece durar por lo menos tres veces más.
–    ¿Por eso has viajado tanto, tía Augusta?
–    Al principio viajaba para ganarme la vida -contestó tía Augusta-. Eso fue en Italia. Después de París, después de Brighton. Me fui de casa antes de que tú nacieras. (…)

Extraido de Viajes con mi tía (1969) de Graham Greene

abril 18, 2012

Piensa en la última vez que la comida te dejó extasiado


Quería la comida perfecta.
Para ser completamente franco, también quería ser algo así como el coronel Walter E. Kurtz, Lord Jim, Lawrence de Arabia, Kim Philby, el Cónsul, Fowler, Tony Po, B. Traven, Christopher Walken... Quería encontrar -no, quería ser- uno de esos héroes libertinos y villanos sacados de Graham Greene, Joseph Conrad, Francis Coppola y Michael Cimino. Quería recorrer el mundo con un traje sucio de bambula, metiéndome en jaleos.
Quería ver el mundo. (...) Quería ver el mundo... y que el mundo fuera como en las películas.
¿Irracional? ¿Demasiado romántico? ¿Desinformado? ¿Insensato?  !Sí¡ Pero no me importaba.
(...) ¿Qué le parece esta idea? -sugerí a mi editor-. Viajo por el mundo haciendo lo que se me antoje. Me alojo en buenos hoteles o en tugurios. Como platos acoquinantes, exóticos, maravillosos, haciéndome el indiferente como he visto en las películas, en busca de la comida perfecta. ¿Qué tal?
Parecía buen negocios ¿verdad? Peinaría el mundo en busca de la mezcla perfecta entre comida y contexto. (...) Desde luego sabía que la mejor comida del mundo rara vez es la más sofisticada o cara. Sabía que el auténtico secreto de infundirle magia a una mesa -lo más importante- no está en la técnica ni en los ingredientes extraños. El contexto y los recuerdos juegan un papel fundamental en las comidas verdaderamente memorables de la vida. 
(...) Comería durante una gira alrededor del vasto mundo ¿vale? Buscaría sin miedo la magia de Vietnam, Camboya, Portugal, México, Marruecos y... cualquier otro sitio que se me ocurriera. No habría nada que no probara. Sí, de acuerdo, hay algo que no probaría. (...)
Pero sí volvería a Japón. Esta vez lo haría bien y probaría ese venenoso pescado globo del que me habían hablado. En Francia comería una ostra recién sacada del agua, del mismo ostrero donde comí la primera cuando era niño... Y comprobaría si no había cierta magia en comerla allí. Quería descubrir si todas mis cavilaciones sobre los recuerdos y el contexto daban o no en el blanco. Iría al México rural, a la pequeña ciudad del estado de Puebla -de donde venían todos mis cocineros- y, si sus madres cocinaran para mi, tal vez descubriera por qué son tan endemoniadamente buenos en lo que hacen, cuáles pueden ser las raíces de su peculiar especie de poderes mágicos.
(...) Aquí viene la parte donde admito a regañadientes algo que me tiene profundamente perturbado... incluso avergonzado. Durante casi todo el tiempo que durara la gira habría en la vecindad por lo menos dos personas con cámaras digitales. Llevarían auriculares. Se registraría o haría el seguimiento de cada palabra, cada maldición y cada eructo que saliera de mi boca. Cuando fuera al cuarto de baño tendría que acordarme de  apagar el pequeño micrófono adjunto al transmisor, que llevaría en la cadera. Como verás, había vendido mi alma al diablo. (...) Vendí el culo. Cuando firmé en la línea de puntos se desvaneció cualquier pretensión de virginidad o reticencia. De integridad no hablemos (ni siquiera recuerdo qué es). Acepté que cuando el camarógrafo dijera: "Espera un minuto", esperaría para entrar en un restaurante, saltar al río o encender un cigarrillo, de modo que él pudiera captar la imagen.


(...) No pienses de ningún modo que no me gustan los equipos que me siguieron alrededor del mundo. La gente de televisión está condenada a apechugar con todo. (...) Comían los mismos platos tremebundos que yo. Se alojaban en los mismos hoteles que yo, a veces infectos. Se congelaban cuando yo me congelaba, aguantaban los medicamentos contra la malaria, la comida pestilente, las chinches (...) y filmaron cada segundo. Cuando oigas mis quejas de lo solo, enfermo y asustado que estaba encerrado en algún lugar de mala muerte en Camboya, acuérdate de que pocas puertas más allá había un equipo de televisión. Eso cambia las cosas.
Dicho lo cual debo decir que, sin embargo, escribir este libro ha sido sin lugar a dudas la mayor aventura de mi vida. La cocina profesional es tarea dura. Viajar por el mundo, escribir, comer y hacer un programa de televisión es relativamente fácil. Más facil que servir un almuerzo.

Extraido de Viajes de un chef. En busca de la comida perfecta (2007 [2001]) de Anthony Bourdain


abril 10, 2012

Vayan a la barbarie a aprender paciencia y filosofía

Entre enero y julio de 1832, Eugène Delacroix acompaña a la misión diplomática francesa –enviada por el rey Luis Felipe- a la corte del sultán marroquí Abd Al-Rahman. A lo largo de todo el viaje cubre sus cuadernos de dibujos y de acuarelas. Un repertorio increíble de formas y colores que más tarde inspirarán sus telas.
Al inicio de su viaje escribe: “Estoy seguro de que la cantidad considerable de información que voy a anotando de aquí no me servirá demasiado. Lejos del lugar donde la encontré, será como los árboles arrancados de su tierra natal”
Los seis meses que Delacroix pasa en Marruecos dejarán una impronta indeleble en su espíritu: “El aspecto de este país quedará siempre en mis ojos, los hombres y mujeres de esta raza poderosa vivirán en mi memoria” 

Lo pintoresco abunda aquí. A cada paso, hay cuadros completos que harían la fortuna y la gloria de veinte generaciones de pintores (...) Es un lugar hecho para los pintores (...) lo bello abunda aquí, no lo bello tan alabado de los cuadros a la moda, sino algo más simple, más primitivo, menos artificial.

(...) Estas gentes están más cerca de la naturaleza de mil maneras (...) La belleza está unida a todo lo que hacen. Nosotros otros en nuestros corsés, en nuestros zapatos apretados, en nuestras envolturas ridículas, ¡damos pena! La gracia se toma revancha de la ciencia.

 (...) Pero, ¿cómo se logra esta sinfonía de sabores extraños? ¿Estos olores de almizcle de ámbar, clavo de olor, especias, estas fragancias que se superponen?

(...) El sol persigue a las sombras humeantes de los románticos.
(...) ¡Bueno! Ustedes que luchan y conspiran; ¡qué locos ridículos son! Vayan a la barbarie a aprender paciencia y filosofía.



abril 08, 2012

Diario de viajes, Carnet de voyage, Travelogue, etc.

El diario de viajes es un género literario y plástico que evoca el viaje en un sentido amplio: viaje interior, exploración de una tierra desconocida, o un viaje iniciático alrededor de un único tema y durante un lapso de tiempo determinado. 
A diferencia del relato de viaje, que nos propone una lectura lineal, o de las novelas  de aventuras, que son enteramente ficcionales, los diarios de viaje invitan a una lectura fragmentada. esto es aun más comprobable si se tiene acceso a los manuscritos originales, a menudo repletos de croquis, fotos o dibujos y frases o textos dispersos.
Uno de los soportes más famosos para esta creación plástica y literaria son los moleskine.

Moleskine, el cuaderno legendario
Es una historia que empezó hace muchos años, con un objeto negro de tamaño bolsillo, producto de una gran tradición. Moleskine es el heredero del legendario cuaderno de notas utilizado por artistas e intelectuales de los dos últimos siglos, desde Vincent van Gogh a Pablo Picasso, pasando por Ernest Hemingway y Bruce Chatwin. Un sencillo rectángulo negro de puntas redondeadas con una goma elástica que sujeta las cubiertas y un bolsillo en el interior. Se trata de un objeto algo anónimo, pero tan esencial que resulta perfecto. Durante más de un siglo se fabricaba en un pequeño taller francés que abastecía las papelerías parisinas a las que acudían artistas y escritores internacionales de vanguardia.
Bruce Chatwin, que lo llamaba "moleskine" por el material de las cubiertas, fue probablemente su mayor impulsor. A mediados de los años 1980 empezó a ser difícil encontrarlo. en su libro Los trazos de la canción Chatwin nos cuenta la historia del pequeño cuaderno negro. En 1986 el fabricante cierra el taller familiar situado en Tours. "Le vrai moleskine n'est plus", fue el teatral anuncio que recibió de la duela de la papelería en Rue de l'Ancienne Comédie donde solía ir a comprarlo. Chatwin compró todos los cuadernos que consiguió encontrar antes de iniciar su periplo australiano, pero no fueron suficientes. 
En 1997 un pequeño impresor de Milán recupera el legendario cuaderno utilizando el nombre literario con el que renueva la extraordinaria tradición que lo caracterizaba.
Siguiendo las huellas de Chatwin el cuaderno Moleskine® reanuda su viaje y esta vez se propone como un complemento indispensable de las nuevas tecnologías portátiles. Captar la realidad en movimiento, capturar detalles, anotar las sensaciones únicas de la experiencia; de esta forma el cuaderno Moleskine se convierte en una especie de acumulador de ideas y emociones que podrá ir liberando poco a poco.
Sin embargo no es el único fabricante de este tipo de objeto. Hay múltiples marcas que fabrican cuadernos de notas similares, de idéntico o parecido formato y características, aunque sin explotar el mismo nombre. Entre ellas pueden mencionarse Leuchtturm, Quo vadis, Rhodia o Brügge
La elección dependerá del grado de fetichismo de cada cual. Y también del bolsillo!

marzo 25, 2012

Pero ¿qué más?, ¿qué, aparte del paisaje?

Yo, el blanco

En Dar es Salaam compré un viejo Land Rover a un inglés que ya se volvía a Europa. Corría el año 1962, varios meses antes Tanganica había conseguido la independencia y muchos ingleses del servicio colonial perdieron sus puestos de trabajo, sus cargos e incluso sus casas. En sus clubes, que se iban quedando desiertos, a cada momento se oía contar a alguien que había ido por la mañana a su ministerio y allí, de detrás de su mesa de despacho, le sonreía alguno de los lugareños: “¡Lo siento mucho!” (...)

 Dar es Salaam - Oyster Bay, Tanzania

En este tiempo no abundan todavía los casos de ascenso social producto de la independencia. Los barrios blancos siguen dominados por blancos. Es que Dar es Salaam, al igual que otras ciudades de esta parte del continente, se compone de tres barrios separados entre sí (por lo general, por agua o por un cinturón de tierra vacía). De modo que el mejor barrio, el barrio situado más cerca del mar, por supuesto pertenece a los blancos. Es la Oyster Bay: chalés suntuosos, jardines inundados de flores, tupidos céspedes y rectas alamedas con gravillas. Sí, aquí se lleva una vida de lujo, tanto más cuanto que no hay que hacer nada: se ocupa de todo una servidumbre silenciosa, diligente y discreta. Aquí la gente se pasea como, seguramente, lo haría en el paraíso: libre, despreocupada, contenta de estar en aquel sitio y encantada con la belleza del mundo.
Más allá del puente, de la laguna, mucho más lejos del mar, bullicioso y rebosante de gente, se apretuja el bario de piedra de los comerciantes. Está habitado por hindúes, paquistaníes, gentes venidas de Goa, de Bangla Desh y de Sri Lanka, y todos han recibido ahí el generalizador nombre de asiáticos. A pesar de que hay entre ellos varios hombres ricos, la mayoría vive en un estándar mediano, sin ninguna clase de lujos.


Cuanto más lejos del mar, tanto más calor, sequedad y polvo. Precisamente allí, sobre la arena, sobre la tierra desnuda y yerma se levantan las chozas de barro del barrio africano.  Cada una de sus partes lleva el nombre de una de las antiguas aldeas donde habían vivido los esclavos del sultán de Zanzíbar. (...) Dependiendo del color de la piel, todo el mundo tenía aquí asignado el papel y el lugar que le correspondía.
Los que escribían sobre el apartheid subrayaban que era el sistema inventado e impuesto en Sudáfrica, el país gobernado por blancos racistas. Pero ahora me acababa de convencer que el apartheid era un fenómeno mucho más universal y generalizado. (...)
A una ciudad así llegué por varios años como corresponsal de la Agencia de Prensa Polaca. Al circular por sus calles pronto me di cuenta de que estaba atrapado en las redes del apartheid. Sobre todo revivió en mí el problema del color de la piel. Era blanco. En Polonia, en Europa, jamás me había parado a pensar en ello. Allí, en África, el color se convertía en un indicador muy importante, y para gentes sencillas, único, blanco. El blanco, o sea el colonialista, saqueador e invasor. He conquistado África, he conquistado Tanganica, pasé a cuchillo la tribu del que ahora está delante de mí, me cargué a todos sus antepasados. Lo convertí en huérfano, además, humillado e impotente. Enfermo y eternamente hambriento. Sí, cuando ahora me está mirando debe pensar: el blanco, el que mee lo arrebató todo, el que descargó latigazos en la espalda de mi abuelo, el que violó a mi madre. Ahora lo tienes delante, ¡míralo bien!
No pude solucionar dentro de mi conciencia el problema de la culpa. A sus ojos como blanco, yo era culpable. La esclavitud, el colonialismo, los quinientos años de sufrimiento no dejan de ser un turbio asunto de los blancos. ¿De los blancos? Así que también es asunto mío. ¿Mío? No lograba despertar dentro de mí ese sentimiento purificador y liberador que consistiría en sentirse culpable. Mostrase arrepentido. Pedir perdón. ¡Todo lo contrario! Al principio intenté contraatacar: “¿Qué vosotros fuisteis colonizados? ¡Nosotros, los polacos, también! Durante ciento treinta años fuimos colonia de tres Estados invasores. También blancos, por más señas.” Se reían, se daban golpecitos en la frente en un gesto más que elocuente y se marchaban cada uno por su lado. Yo los irritaba porque sospechaban que quería engañarlos. A pesar de mi interna convicción de inocencia, yo sabía que a sus ojos era culpable. (...)
Me encontraba mal en todas partes. El color blanco de la piel aunque privilegiado, a mí también me tenía encerrado en la jaula del apartheid. Cierto que, en mi caso, de oro, pero no por eso menos jaula, la de Oyster Bay. Un barrio hermoso. Hermoso, lleno de flores y... aburrido. Es verdad que aquí uno  podía pasearse entre altos cocoteros, admirar enmarañadas buganvillas, elegantes y delicadas tuberosas y rocas tupidamente cubiertas de algas. Pero ¿qué más?, ¿qué, aparte del paisaje? Los habitantes del barrio se componían de funcionarios de la colonia que solo pensaban en el momento en que expiraría su contrato, en comprar como recuerdo una piel de cocodrilo o un cuerno de rinoceronte y marcharse. Sus esposas hablaban de la salud de los hijos o de algún party pasado o por celebrarse. ¡Y yo con la obligación de enviar todos los días una crónica! ¿Sobre qué? ¿De dónde iba a sacar el material?

Extraido de Ébano (1998) de Ryszard Kapuściński