Una reunión de más de
doscientas personas es, sin duda, poco propicia para el silencio; la que se
llamó, acaso un poco extensamente, Primera Reunión Nacional para la
Experiencia Piloto de
Desarrollo Cultural en
La
Rioja, no difería otras en ese aspecto; la
organizó
la
Subsecretaría de
Cultura de
la
Nación y
fue interesante y fructífera pero, como era de esperarse, se habló en ella sin
cesar. Sin embargo, tengo que agradecerle la oportunidad de gozar de silencios
admirables en tres provincias del país: San Juan,
La
Rioja y
Catamarca.
Tal vez fui al Valle de
la
Luna porque
me sedujo su nombre; porque este año, querámoslo o no, la luna anda dando
vueltas por la imaginación de todos. Aunque tiene acceso por
La
Rioja, ha pasado a la jurisdicción de San
Juan después de lo que habrá sido, supongo, una ardua cuestión de límites, ya
que el examen a que fuimos sometidos en el puesto policial daba la impresión de
un cruce de fronteras al llegar a un país extranjero y más bien hostil. El
viaje había durado varias horas y lo agravaron la incomodidad del vehículo y el
número excesivo de sus ocupantes. Pasando Patquía el camino se vuelve cada vez
peor y el paisaje, árido siempre, acentúa su carácter desértico. La vegetación
-ese monte xerófito nuestro, heroico y sin gracia, que nos cubre casi todo el
país con sus arbolitos raquíticos- empieza a ralear y a ser sustituida por una
especie de estremecedora belleza mineral. Dejamos atrás el algarrobo, el más
corpulento y grácil de la flora; la brea y el chañar de troncos verdes; la
pelada retama, la jarilla tiesa y olorosa a resina; el quebracho blanco, como
un sauce rígido que se hubiese olvidado del agua. Dejamos atrás hasta el cardón
y ya casi no nos va quedando sino el viento y la arena. Un paredón de arenisca
roja, profundamente surcado, tiende un espectacular telón de fondo para unos
extraños cerros de formas romas y color grisáceo, que parecen gigantescos
paquidermos yacentes.
La casa donde buscamos un guía, porque las huellas son inciertas y el suelo
móvil y arenoso podría paralizar el automóvil, tiene algo de alucinante: es
como si hubiese brotado de la tierra al conjuro de alguna brujería. Las paredes
son de algarrobo y barro; de algarrobo las vigas, los horcones que sostienen el
techo y el alero, el cerco de troncos que rodea el rancho; todo colocado allí
tal como fuera cortado, sin trabajar, con sus formas naturales y retorcidas. El
techo de ramitas de pus-pus, está cubierto de barro: el bebedero para los
animales y las bateas para lavar son troncos ahuecados; las rústicas sillas que
nos ofrecen, de una primitivez enternecedora, son de madera y cuero, con un
arco ojival por respaldo. Dentro del rancho, en una de las columnas naturales,
está colgada a manera de decoración la tapa de una lata de dulce
La
Gioconda y
me quedo mirándola, absorta al contemplar en aquel confín de la civilización un
rostro de Leonardo. Nos lanzamos hacia la aventura entre los grandes trozos de
mica que brillan como espejuelos esparcidos en derredor. Sólo entonces comienza
la verdadera soledad y ese paisaje que se ha calificado como lunar, con sus
montículos de color gris verdoso y su aspecto de virginidad gris trágica, de no
haber sido amado por hombre alguno. La erosión del viento ha trabajado las
rocas blandas hasta labrar formas sorprendentes, como las del valle Encantado
en Neuquén o, en su escala mucho mayor, las de los parques nacionales de
Arizona y de Utah en los Estados Unidos. Una parece un pájaro, otra una
esfinge, una tercera se alza como una columna solitaria, coronada capitel que
nada sostiene, como si fuese el último vestigio de un templo desaparecido. No
hay una gota de agua; el único cauce que hemos cruzado es un río de sal, una
cinta blanca que se retuerce como una espectral serpiente maléfica, acentuando
la desolación del desierto. Unas pocas matas verdes llamadas planta del
guanaco, sobreviven como por milagro en aquel yermo: no se ven animales ni
pájaros, pero nuestro guía asegura que por allí pasan guanacos y que los
persigue el león.
Después de almorzar me aparté un poco para percibir el silencio. ¿Cómo
describirlo? No se parecía a ningún otro. Era el silencio del mundo antes de
que fuese creada la vida: un mundo geológico, áspero y puro, que no ha conocido
aún el grito del animal herido, el aullido de terror, el bramido de la fiera en
celo, pero que de alguna manera atroz los presiente. Y sin embargo es un
importante yacimiento de fósiles que atestiguan la presencia pretérita de
helechos y megaterios.
En contraste con este paisaje sobrecogedor estaba el de Aschá, una finca cerca
de Aimogasta donde fuimos a pasar unos días cuatro rezagados de la reunión
cultural, después de concluida ésta. El dueño de casa, Julián Cáceres Freyre,
nos va llevando de pueblo en pueblo para que conozcamos a la gente del lugar y
nos convidan con tortilla de harina cocida en las brasas y vino patero que,
como su nombre lo indica, está hecho con uvas pisadas en lagares primitivos.
Las tejedoras nos muestran sus mantas de colores vivos, sus matras y peleros de
gruesa lana. A mí todo me fascina: el catre de algarrobo y tientos, los
morteros de piedra donde pisan el maíz para el locro, las grandes tinajas de
barro que servían en otros tiempos para guardar ese vino riojano perfumado y
trepador, que es una versión criolla del néctar de los dioses. Pero nada más
encantador que la gente misma, con su pausado hablar apoyado en las primeras
sílabas y esas maneras sobrias, recatadas y dignas del hombre de tierra adentro
a quien todavía no ha contaminado la marea inmigratoria. Todas las mantas de la
finca están hechas por estas mujeres hábiles y pacientes que hilan, tiñen y
tejen su lana; recuerdo una bellísima , a rayas de colores violeta, naranja,
blanco y negro y otra con los castaños y blancos de la lana natural, realzados
de vez en cuando por unas hebras verdes.
En Aschá nos recibe la fingida primavera de los almendros en flor. Hace mucho
frío pero el sol es dulce y el cielo azul; si no fuese por el zonda, que nos
castigó la víspera con su azote de arena, envolviéndonos en remolinos tan
densos que el automóvil debía detenerse de vez en cuando, el panorama desde la
altura tendría una nitidez total. Rodean la casa mil plantas de nogal, ahora
sin hojas, cuyas ramificaciones muy divergentes son un laberinto donde, al caer
la noche, quedan atrapadas las estrellas. En la casa hay un fuego de troncos y
una cocinera criolla que nos prepara locro y chanfaina, corderos asados,
ensaladas de deliciosos berros recogidos en el arroyo y unas infusiones de
yuyos de eufónicos nombres: inca-yuyo, hierbabuena, cedrón, hierba larca. Pero
es afuera, subiendo sola por la quebrada a la hora de la siesta invernal, donde
hallo el segundo de mis silencios. , delicadamente subrayado por cantos de
pájaros y el rumor del agua que fluye entre los berros. Siento un placer
inmenso al volver a la soledad y tocar las cosas misteriosas del mundo que nos
hemos creado: la piedra, la corteza, la tierra, el pétalo; su aspereza o su
tersura, su humedad o su tibieza. No sé que afán de reconocimiento -tal vez de
incorporación a mi pequeño universo tan limitado, al que quisiera ensanchar y
enriquecer- me lleva a esa avidez de contacto con las cosas y el escalofrío de
la piel junto al granito es tan revelador como la dulzura de una flor de
durazno recién abierta, entibiada por el sol, contra mis labios. Quiero
acariciarlo todo: los líquenes anaranjados que salpican las piedras, las verdes
hojas del molle, el agua glacial, los troncos lisos de los nogales que repiten
su blancura desnuda por la quebrada. ¿Qué estoy acariciando, me pregunto, con
este amor no devuelto que derramo sobre el mundo? Y de pronto comprendo que
estoy acariciando a mi patria: no
La
Rioja, no
la
Argentina, sino el campo. Tanto tiempo sin
ella y la redescubro aquí, en los confines del país, siempre nueva y antigua y
mía, cada vez con un rostro diferente. El de hoy tiene cardones trepados a las
cuestas y balidos de ovejitas negras que bajan a beber; hace frío, pero el sol
ayuda a sobrellevar la brisa y el aire es tan seco que da gusto oír correr el
agua de la acequia, invisible detrás del matorral. Entre tantos rostros
inolvidables de esta patria mía, dispersa por el mundo, el de Aschá quedará en
mi memoria como uno de los más gratos; me lo llevo para siempre o para el
tiempo en que la memoria dure.
Vueltos a
La
Rioja, me despedí de mis amigos y seguí viaje
sola hasta Catamarca; veo salir el sol por el valle, entre las formas azules
del Ancasti y el Ambato, y los lapachos floridos de la plaza, tan verde y
alegre, me consuelan de aquellas leguas de monte polvoriento.
Catamarca tiene encantos insospechados: despertarse con las campanas de San
Francisco y el coro de los gallos me parece maravilloso en una ciudad; no lo es
menos encontrar en pleno centro dos casas antiguas construidas en esquinas sin
ochava, con un poste de madera en el vértice contra el cual se cierran las
puertas formando un ángulo de noventa grados. Una puede entretenerse buscando
imágenes antiguas en las iglesias, aunque halle pocas, y admirar la pequeña
Virgen del Valle en su alto camarín (tratando de olvidar el oropel charro y los
ex-votos de plata que tapizan las paredes) y caminar por el museo en repetidas
hileras de vasijas calchaquíes. También puede, desde luego, distraerse
interminablemente en tiendas de tejidos regionales comprando ponchos de alpaca,
puyos de llama, cubrecamas y alforjas bordadas, fajas y matras. Y puede,
teniendo entre las manos la levedad de pluma de una chalina o un poncho de
vicuña, maldecir la desidia de quienes no toman medidas urgentísimas para hacer
cumplir las leyes de protección a este animalito delicioso, encanto de nuestra
fauna andina, que corre peligro de ser extinguido porque para obtener su lana
se le da muerte. La caza ya está prohibida, pero es absurdo suponer que sea
posible vigilarla en vastas extensiones deshabitadas; la única medida eficaz
sería prohibir cuanto antes la comercialización de la lana; en una palabra, la
venta de artículos de vicuña. Tendríamos que privarnos de los tejidos más
hermosos del mundo, pero creo que no es un precio
demasiado alto para salvar una
especie.